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A estas alturas ya nadie pone en duda que El Mundo Today es el único periódico serio de nuestro País.  Y lo es, por la sencilla razón de que no pretende contar la realidad, sino revelarla.  Es decir, mostrar la verdad que hay detrás de la verdad a través del humor surrealista.

Y como prueba de ello, esta noticia reciente en ese medio digital: “Un niño dice su primera palabra y ofende a varios colectivos”.  A continuación, el texto comienza diciendo: “Tras varias semanas profiriendo sílabas inconexas, el pequeño Miguel Fonseca, de 14 meses, ha pronunciado hoy su primera palabra, ofendiendo al instante a numerosos colectivos. El bebé dijo “mamá” sin darse cuenta de que estaba invisibilizando a muchas minorías.”

Ofendidos los ha habido siempre.  Lo que sucede es que ahora, con la proliferación de las redes sociales, la ofensa se ha convertido en un elemento de presión al servicio de los más diversos intereses.  Y lo que es aún peor, se ha convertido en un negocio.

La publicidad es uno de los sectores en los que más se advierte este fenómeno.  A estas alturas, prácticamente no existe una campaña de gran inversión que no cuente con sus propios ofendidos.

En ocasiones, muy pocas, existen razones objetivas para la ofensa.  Pero lo cierto es que en la mayoría de los casos, dicha ofensa proviene de colectivos que pretenden ganar notoriedad subiéndose al carro de la popularidad de esos grandes presupuestos publicitarios.  Valga como ejemplo la queja de una organización feminista porque en la última campaña de Lotería de Navidad la chica del anuncio no hablaba, manifestando así una posición inferior frente al hombre.  Pero es que, como todos recordamos, esa chica era marciana, lo que explica su bajo dominio del idioma terrícola.

Luego existen esas instituciones que pretenden cuidar de nosotros a base de censurar la publicidad.  Una labor encomiable si no fuera porque en ocasiones alcanzan el disparate, superando con mucho al surrealismo de El Mundo Today.

Recuerdo una ocasión en la que la Dirección General de Tráfico nos censuró un anuncio en el que aparecían tres jóvenes en un automóvil de los años cincuenta.  La razón fue que no llevaban cinturón de seguridad.  Ante nuestra argumentación de que en aquella época dicho cinturón no existía, la respuesta fue que la foto de ese vehículo era de ahora, por lo que deberían llevarlo.  Nosotros pensamos entonces que, según esa lógica, si hacemos la foto de un romano en su cuadriga, también tendríamos que ponerle un “cinturón al centurión” para no tener problemas.

La ofensa vende.  Ese es el negocio de hoy en día al que se han apuntado asociaciones, colectivos, políticos, influencers, etc.  Y todos ellos, en su conjunto, están creando un universo de lo políticamente correcto en el que la gran perjudicada es la subjetividad.  Es decir, ese preciado don que nos permite ver el mundo desde la perspectiva de cada uno, transgredir la realidad y hacerla más divertida e interesante.

Yo no sé si la vida va a desaparecer en este planeta por culpa de la contaminación o del aburrimiento.  Pero estoy convencido que en la actualidad el efecto invernadero existe, en gran parte, por culpa de ambos.