Hasta ahora, muchos vimos en Internet una promesa de participación democrática mucho más eficaz frente a lo que hay ahora.  Pero la herramienta puede volverse en contra.

El futuro es donde vamos a vivir.  Es nuestra patria.  Carecerá de fronteras, himnos y banderas, pero no de gobernantes.  Gobernantes que nos hablarán de muros por construir, aún a sabiendas que no serán los muros quienes nos retengan.

Esa patria se está comenzando a diseñar en el presente con la misma determinación con la que Rómulo y Remo crearan Roma, pero con unas herramientas muy diferentes.  Será un lugar en el que no importará cómo nos camuflemos, pues nuestros gobernantes lo sabrán todo sobre nosotros sin necesidad de importunarnos.  No precisarán de policías ni militares, porque todos seremos obedientes incluso sin caer en ello.

Estamos en los comienzos del Big Data.  Los expertos en el tema se encuentran, como sucedió en la prehistoria, en la fase recolectora.  Pero el salto a la agricultura es inminente.  Solo que en este caso, las hortalizas somos nosotros.  Tal vez el disparo de salida lo haya dado ya una compañía londinense llamada Cambridge Analytica.  Esta empresa ha colaborado tanto en la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses, como en el inesperado éxito del Brexit .  Y siempre con la misma técnica, es decir, mediante la gestión del Big Data a partir de modelos psicométricos en lugar de las tradicionales segmentaciones demográficas.

El gran impulsor de ese modelo fue Michal Kosinski, un psicólogo que demostró la inagotable fuente de información que representa, por ejemplo, Facebook.  Como cuentan Hannes Grassegger y Mikael Krogerus en un artículo sobre este tema,

fue capaz de predecir con tan solo  68 “me gusta” el color de piel del usuario (95% de exactitud), su orientación sexual (88%), su afiliación a un determinado partido político (85%) y así sucesivamente, incluyendo inteligencia, religiosidad, consumo de drogas e incluso si la persona es hijo de divorciados.

Pero lo más inquietante, como cuentan estos dos periodistas, es que el modelo también funciona a la inversa, siendo capaz así de localizar perfiles concretos y pudiendo con ello crear grupos específicos de personas preocupadas, introvertidas, agresivas o incluso indecisas a la hora de votar un determinado partido político.  Se trata, en definitiva, de contar con un motor de búsqueda de personas, con todo lo que ello conlleva.

Parece ser que un modelo de búsqueda de este tipo descubrió, por ejemplo, que los seguidores de la serie The Walking dead en Estados unidos eran más propensos a votar a Trump que a Clinton.  Entonces, los planificadores de medios de Trump aumentaron la inversión publicitaria en los canales y en los momentos en los que se programaba esa serie.  Si eso es cierto, toda la muralla con la frontera de México para que no pasen esos “sucios, drogadictos y ladrones a perjudicarnos” comienza a tener una semejanza inconsciente muy poderosa con el contenido de dicha serie.

Estos motores de búsqueda de personas resultan muy útiles para identificar grupos de, pongamos por caso, posibles terroristas. Algo así legitima inmediatamente al poder para utilizarlos basándose en la defensa de nuestra seguridad.  Pero puede ser utilizado igualmente con cualquier otro fin menos confesable.  Sobre todo si se cuenta con el apoyo de las redes sociales cuyos algoritmos pueden filtrar a las personas que recibirán determinados contenidos incluso discriminándolas de una en una y personalizando los mensajes.  Si el conocimiento del poder de la televisión (como nos desveló en su momento aquel famoso libro de Joe Macginniss,

“Cómo se vende un presidente”) sonaba entonces preocupante, la situación en la que nos encontramos en estos momentos es infinitamente peor.

Hasta ahora, muchos vimos en Internet una promesa de participación democrática mucho más eficaz que las reducidas oportunidades que nos ofrecen unas elecciones cada cuatro años.  Pero la herramienta puede volverse en contra.  Y de nada sirve el intentar ocultarse, porque eso ya es imposible.  Ya no existe un mundo real y otro virtual, ambos son uno.  Por eso, la batalla ahora es la de trasladar los derechos y libertades conseguidos con gran esfuerzo en el pasado a este nuevo ecosistema en el que ahora vivimos.  Hacer dejación de ello, inhibirnos, sería suicida en todos los aspectos.