Durante siglos, el idioma escrito marcó la diferencia entre el “letrado y el vulgo”.  Comprender las palabras impresas en un papel evidenciaba tu nivel de alfabetización y, con él, tu puesto en la escala social.

En Roma, pongamos por caso, había dos latines: el clásico y el hablado.  El clásico, es decir el escrito, servía para comunicarse entre las lejanas provincias del Imperio.  En cambio, el hablado era el idioma de las distancias cortas, del cara a cara (expresión que, por cierto, se dice igual en bastantes idiomas).  Debido a esa diferencia, cada  uno de esos dos “idiomas” poseía su propia gramática e incluso su propio vocabulario.

Pero el lenguaje hablado, debido a su enorme viveza, siempre acababa imponiéndose sobre la rigidez del escrito hasta terminar prevaleciendo.  En el caso del latín fueron las lenguas romances, nacidas en las periferias del Imperio, las que se encargaron de ello.

Y es que la palabra oral, debido a su enorme elasticidad, juega con ventaja.  Lo hablado se sirve de la entonación, la gestualidad, el ritmo, la pausa y hasta el silencio.  Y como además no puede releerse, se permite una mayor desfachatez.  Ese tipo de desfachatez que ha resultado siempre más ventajosa para toda clase de populismos.

Eso lo vio claro Goebbels cuando le encargó a Otto Griessing el desarrollo de los Volksempfänger (es decir los aparatos de radio a precios populares) para divulgar la ideología nazi a través de la palabra hablada y no de los panfletos escritos, como se hacía hasta entonces.

En ese viaje de pareja mal avenida, lo hablado y lo escrito se encuentran ahora con las redes sociales.  Y cuando parecía que tras la abrumadora preeminencia de los medios de comunicación de masas (cine, radio, televisión) lo hablado había ganado la batalla  para siempre, las redes sociales le conceden de repente a la palabra impresa una segunda oportunidad.

Es un territorio nuevo en el que lo escrito debe aprender de sus antiguos errores y reinventarse.  Para ello comienza haciendo suyo el lenguaje vulgar de lo hablado que tanto despreció en el pasado (no hay más que leer algunos tuits para comprobarlo).  A continuación incorpora en su lenguaje a los emoticones para intentar reducir sus limitaciones gestuales.  Y, al mismo tiempo, se sirve de la comunicación en tiempo real para resolver otros problemas.

Por ejemplo, en la escritura epistolar no podía mantenerse un diálogo sobre la marcha.  Resultaba imposible dar las “buenas noches” justo en el momento de irse a la cama y que ese deseo fuera recibido en ese mismo instante al otro lado de la Tierra.

La gran diferencia entre la palabra escrita del pasado y la de hoy es que esta última se ha vuelto dialogante.  Es decir, se ha convertido en una palabra nueva, intermedia entre lo hablado y lo escrito, que hereda lo mejor y lo peor de cada parte.

Lo mejor, ya lo hemos dicho.  Lo peor es su labilidad, su no permanencia, que le permite desligarse de la información que proporciona.  Porque cuenta con que esa información, como sucede con la palabra hablada, desaparecerá rápidamente de la mente de la persona que la lee, en la distancia, al otro lado de la pantalla.