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Lo de las palabras es un sin vivir.  Desde el origen de los tiempos las hemos reducido, alargado, encorsetado, divinizado, relegado… manipulado.

Ese es su mayor problema.  Al depender del ser humano para sobrevivir, no les queda más remedio que someterse a sus pasiones y desvaríos.  Lo cual, bien mirado, es algo extraño, pues una palabra solo es eso: una palabra.  La combinación aleatoria de letras que genera un sonido reconocible por todas las personas que hablen el mismo idioma.

Sin embargo, a través de los años, las palabras han ido adquiriendo su propia personalidad, como si de seres vivos se trataran.

Así hoy, ya sabemos que las hay engoladas, como patriarcado o pretencioso.  Otras son apocadas, como titubear o modesto.  Y también que las hay extravertidas, obscenas, intelectuales, permisivas…

De hecho, podríamos escribir un mapa de las palabras en función del territorio en el que se sitúan y del vecindario con el que conviven.  Volviendo a los ejemplos de antes, un país de ese mapa podría llamarse Engolandia y otro Apocadacia.

Los redactores de publicidad lo saben muy bien y por eso utilizan ese mapa para colocar cada  palabra y cada marca en su sitio.  No es una tarea fácil, pues las marcas no siempre se sienten a gusto en el lugar que aparentemente les corresponde.

Por ejemplo, una marca de coches de lujo parece que debiera de habitar en Ricolandia, pero eso es demasiado explícito y tal vez prefiera vivir en Erudita, que es un país que exige algo más que tener dinero para conseguir un visado de entrada.  Esa es la razón por la que, en estos casos, el redactor publicitario utiliza palabras esdrújulas como peremne y sobreesdrújulas como inadvertido.  Para cerrar las puertas a las que no estén a su altura

Aunque también es cierto que hay países que son mucho más permisivos a la hora de conceder la nacionalidad a palabras muy diversas.  En el país Tecnología, pongamos por caso, puedes encontrarte con palabras cortas y largas, españolas, inglesas o de cualquier otro idioma, comprensibles e incomprensible, modernas o tradicionales, divertidas o tediosas…

Y finalmente existen las palabras que no necesitan país en el que ubicarse porque las marcas que definen representan productos universales.  El ejemplo más claro es Coca-Cola.  Este es un refresco lo consumen las personas más ricas del mundo y las más humildes.  Las más cultas y las más ignorantes.  Las más egoístas y las más generosas.  Y en ese escenario, las palabras solo tienen acoplarse a la marca sin tener que elegir ningún lugar concreto en el que instalarse.

Lo dicho, un sin vivir.  Las pobres palabras nacen, permanecen y mueren sin que jamás  les reconozcamos los servicios prestados.  Ni en la vida ni en los anuncios.  Y es algo tremendamente injusto, porque no nos costaría tanto hacerlo.  Tan solo dedicarles, en su último adiós, unas pocas palabras.