Lo artístico y lo comercial siempre se han llevado como el perro y el gato.  Pero lo peor de esta mala relación es que lo comercial siempre se ha salido con la suya.

Juega con una ventaja.  El artista necesita crear.  Ya sea escribiendo, fotografiando, componiendo música o pintando un cuadro, pocos son los que lo hacen solo para ganarse la vida.  La mayoría es porque algo en su interior les impulsa a expresar sus emociones y compartirlas con la mayor cantidad de gente posible.

Y ahí es donde lo comercial se aprovecha.  Porque conocedor como es de esa pulsión, establece con la artístico una relación desigual que siempre se inclina de su lado.

Una de sus grandes ventajas es la enorme dificultad que existe para determinar el valor real de una obra de arte.  Dificultad que le ayuda a lo comercial a hacer trampa.  Porque dada la enorme subjetividad que conlleva cualquier tipo de valoración artística, los representantes del lado comercial responden que la única forma de resolver el problema es fijando los criterios en función de lo que determina el mercado.  Pero es que resulta que el mercado son ellos.  Y en ese escenario en el que se pretende establecer un diálogo imposible entre la creación y el dinero, el dinero siempre gana.  ¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que, como ya explicaba Carlos Marx, el dinero es la mercancía suprema.  La única que puede intercambiarse con todas las demás y que permite que las demás se intercambien entre sí.  Y eso, con el arte no sucede, ya que cada obra es, por definición, única e irremplazable.

Para intentar resolver este problema, el mundo del arte trató de hacerse fuerte tras el concepto de los derechos de autor. Pero tampoco ha funcionado como cabía de esperar.  Y ello por dos razones.

Por un lado, porque la mencionada necesidad del creador de hacer pública su obra a cualquier precio le ha llevado a ceder dichos derechos en numerosas ocasiones.  La cosa viene de antiguo.  Cervantes, por ejemplo, cobró una sola cantidad inicial de dinero por El Quijote bajo el concepto de pago por impresión.  Eso fue todo.

Pero también por ese desencaje entre creación y dinero.  Aunque el ejemplo sea extremo, cabe mencionar esta historia: en el antiguo Egipto vivía una prostituta de enorme talento que había creado todo un escenario de danza, decoración y diseño de vestuario para vender su arte a los potenciales clientes.  En una ocasión, uno de ellos fue a visitarla y, pese a quedarse entusiasmado con la brillante performance, finalmente decidió no contratar sus servicios.  Sin embargo, al día siguiente comentó con un grupo de amigos que, gracias a aquella experiencia, durante la noche había tenido los más tórridos sueños sin pagar nada por ello.  Enterada la mujer de tal hecho, lo denunció ante el juez solicitando que ese cliente le diera un dinero por el onírico placer obtenido gracias a ella.  Tras escuchar a ambas partes, el juez falló a favor de la prostituta exhortándole a que se fuera a su casa, se durmiera y soñara… que había cobrado.

Para los artistas de cualquier género, en ocasiones el cobrar también es un sueño.  Pero por desgracia, el tener que prostituirse para conseguirlo, en muchas otras, no lo es en absoluto.